26 de noviembre de 1904, El incendio en la Iglesia de San Felipe

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El día 26 de Noviembre se ha cumplido un siglo de una triste efeméride en Brihuega. En la tarde de aquel fatídico 26 se incendiaba el templo románico de San Felipe de Brihuega.

Debido a una ejemplar respuesta de nuestros antepasados actualmente podemos volver a admirarlo en todo su esplendor. Esta crónica era recogida por las páginas de un periódico local dirigido por Antonio Pareja Serrada y llamado “El Briocense”.

Esta noticia de connotación triste aún en la actualidad embarga a cuantos briocenses la vivieron. Nuestros abuelos o nuestros padres lamentaron profundamente este suceso y así transmitieron este sentimiento tan emocionante, que a pesar de casi una centuria perdura de forma indeleble en la memoria y en la retina de algunos de nuestros mayores.

El 26 de noviembre de 1904, sobre las seis de la mañana, cuando aún no había comenzado a alborear y las gentes permanecían con el soñador Morfeo, a las voces de “¡fuego!”, “¡que arde la iglesia!” los vecinos de la barriada de San Felipe, conmocionados por la sorpresa y el pavor se asomaban a sus balconadas y ventanales.

Incrédulos y estupefactos observaban las llamas y las densas columnas de humo que procedían de la nave central. Las campanas de los campanarios de San Miguel y de Santa María tocaron a rebato y al unísono. El pueblo en pleno se echa a la calle para prestar auxilio a los vecinos, testimoniando una solidaridad digna de ser mencionada.

Después de unos intentos fallidos de entrar en el templo, ante la virulencia de las llamas, el humo y el calor sofocante, no sin una mezcla de valor y arrojo, lograron acceder al interior y así realizaron una primera estimación de daños, analizaron el modo de atajar las llamas y la sofocación del incendio. Ante tal angustia del cómo y por dónde comenzar, el siniestro continuaba devastando todo

Como medida inicial se determinóla evacuación de las casas colindantes. El resto del personal se aprestó para conseguir represar agua, y de este modo, suministrarse con todo tipo de recipientes e intentar mitigar el incendio. En este capítulo cabe destacar la contribución de los comerciantes que donaron todos los recipientes disponibles para la sofocación del incendio.

De temerarios y corajudos fueron tachados algunos desafiantes briocenses por el poco respeto que le merecían el calor, las llamas y el humo imperantes. El pensamiento común y obsesivo era salvar todas las imágenes que se pudiera y, todo aquello que en definitiva, se pudiera recuperar y no sirviera para alimentar y reavivar la voracidad del fuego. Además del calor, las llamas y el humo, lo que un incendio provoca son siempre pérdidas de la más diversa consideración, pudiéndose llegar fácilmente a rozar la tragedia.

Hacia las diez de la mañana los que demostraron los más impetuosos se introdujeron en el templo bajando por la torre y por la puerta del sol, con el objetivo de extraer las imágenes y demás ornamentos. En gran medida lo consiguieron, excepto la Virgen de los Remedios, que ya estaba reducida a cenizas. Al verlos aparecer con algunas de las imágenes, el pueblo irrumpe en una llanto inconsolable: los unos por emoción, los otros por la enorme tristeza a causa de que algunas imágenes, dignas de su piadosa devoción, ya que presentan un estado de lamentable deterioro no sólo en su policromía, sino en su integridad.

Una vez localizado el foco principal del incendio se logró dominarlo y comenzar su reducción a la nave central con la colaboración de todo el pueblo sin excepción.

Hacia las cuatro de la tarde se personaron en la Iglesia de San Felipe siniestrada las máximas autoridades provinciales: Gobernador, mandos de la Benemérita y el Alcalde de Guadalajara y con ellos traían una bomba hidráulica del ayuntamiento de Guadalajara. Después de una evaluación rápida de las magnitudes de la catástrofe y en estrecha colaboración con las autoridades locales, comenzó a funcionar la mencionada bomba, lográndose la extinción total del incendio.

A posteriori se analizaron pormenorizadamente las posibles causas originarias del siniestro, concluyendo el informe con la posible imprudencia de que alguna de las velas o de los candelabros de la celebración vespertina de las Ánimas del día anterior permaneciese encendidos.

El valor arquitectónico que representa el templo de San Felipe, para muchos el más hermoso de los que Brihuega muestra, data del siglo XIII y comienzos del XIV. La voracidad de este incendio lo destruyó en gran parte. Aunando sinergias y esfuerzos de los briocenses se pudo reconstruir y restaurar, y en la actualidad así lo podemos admirar.

En agradecimiento y admiración por la entrega de aquellos abnegados briocenses.

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