Memorias de un niño veraneante

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Por Miguel Paniagua Sánchez.-

Huele a espliego y a animales.

Cada verano, al llegar en el seiscientos de su padre junto a su hermano y su hermana, lo primero que llena su cerebro es el olor a animales y espliego. Y asocia inmediatamente esos olores con el olor de la libertad. Calle y campo, trigo y fuentes, río y cabras. Eso es todo lo que le espera durante las próximas semanas y él lo llama libertad; aún sin darle nombre.

Todas las mañanas al despertar, sin salir de la cama, escuchará las esquilas y el caminar de las cabras bajo su ventana. Los mulos de los vecinos se afanarán a lo largo del día en traer hasta la calle los serones repletos de trigo, desde las eras donde ellos mismos junto a su amo habrán trillado el cereal. Todas estas sencillas tareas serán percibidas por él como extraños acontecimientos de un mundo mágico al que tiene la inmensa suerte de poder asistir unas semanas cada año.

Ya andan la abuela, la madre y las tías trasteando en la cocina y el olor del café recién hecho sube por las escaleras hasta la cama donde desde hace un buen rato está observando los rincones de los irregulares techos de la casa. Y sueña con bajar al río.
Él y sus hermanos desayunarán leche con magdalenas y bajarán enseguida a la calle, donde los niños de los vecinos se reunirán con ellos a jugar. Pero las madres de los otros llamarán a gritos a sus hijos para hacer algún trabajo de la casa o del corral; siempre hay tareas para todos en las casas del pueblo. Pero no para ellos que correrán a la fuente del Hisopo a llenar cubos, botijos y pistolas de agua, mientras esquivan a las traicioneras avispas que inevitablemente picarán a alguno de ellos a lo largo del verano. A veces, su abuelo les llevará con él al herrero para arreglar un somier o al horno para comprar unas hogazas para la comida del día. Y él se sentirá importante.

A media mañana, cuando las mujeres de la casa han terminado de preparar la comida, toman el camino del río. Algunos miembros del grupo familiar bajan al puente Armuña en coche o en la moto con sidecar. Pero a él y a sus hermanos les gusta bajar por la cuesta Laurela. La cuesta Laurela es un pasadizo a un maravilloso mundo de ensueño. Por la cuesta Laurela puedes encontrar caracoles, escarabajos y galgos famélicos. En la cuesta Laurela hay asombrosas flores amarillas, azules y rojas que ocultan el paso del agua de las acequias. También hay ortigas que a buen seguro enrojecerán sus rodillas un día sí y al otro seguro que también. Mientras descienden la cuesta Laurela ven a los hortelanos cavando surcos o cargando los mulos con hortalizas, mientras allá arriba va quedando el pueblo. Y escuchan a los pájaros cantar y gritar a los vencejos mientras se dan un atracón de insectos.
Cuando terminan de bajar la cuesta aún tienen que recorrer un tramo en el llano de las huertas hasta llegar a la orilla del Tajuña, pero un poco antes de la presa se encuentran con su amigo Jose, sólo un poco mayor que ellos, que está ayudando a su padre en las tareas del huerto. Como otras veces, les regala algunos tomates y pepinos que se unirán a los bocadillos de salchichón para tomar un bocado a mitad de la mañana entre baño y baño.

El azul de la flor de la achicoria se une al rumor del río y los destellos del sol en el agua de la caída de la presa atraen sus miradas hechizadas. Se descalzan, se meten en el río y sienten por primera vez en el verano el cieno entre los dedos de los pies mientras las metálicas libélulas vuelan entre los carrizos.

Mariposas, saltamontes, zapateros, caracoles y babosas son las piezas a cobrar en la cacería que cada mañana se repetirá a lo largo del verano. Cruzan valientemente la presa del río manteniendo a duras penas el equilibrio con los pies descalzos sobre las algas que verdean el dique, alcanzando la otra orilla del Tajuña sintiendo en cada poro de su piel la alegría de la aventura. Y así transcurre la mañana, eterna y efímera al mismo tiempo.

Cuando se acerca la hora de comer, se pone en marcha de nuevo el grupo para volver a casa. Cansinamente suben hasta el pueblo por la cuesta Laurela bajo el duro sol de finales de julio. Una vez en casa comienza el trajín de los adultos terminando de preparar la comida y poniendo la mesa. A él y a sus hermanos les toca bajar a la fuente a llenar los botijos de agua. El fresco olor de los botijos mojados basta para hacerle sentir dichoso.

El sonido de la loza, del cristal, de los metales, proveniente de las casas de los vecinos, se une al que se oye en su propia casa, en una suerte de coro de puchero que tampoco se puede escuchar en su barrio de Madrid.

Después de comer es obligatorio dormir la siesta para todos los de la casa y como a él no le gusta, empleará esa hora y media en leer tebeos tumbado en la cama o elaborando con su hermano insólitos planes para las horas de la tarde.

Una vez finalizado el obligado descanso volverán a reencontrarse con los chicos de la calle, que ahora sí podrán jugar con ellos. Habrá un momento para la merienda y otro para plantar granos de trigo entre las piedras que constituyen el solado de su calle. También habrá tiempo para ir a alguna de las fuentes del pueblo a cazar renacuajos que mantendrán vivos algún tiempo en la rudimentaria bañera de la casa. A media tarde se escuchará el estridente sonido de la trompetilla del pregonero y todos los chicos de la calle correrán a su encuentro. Anunciará que en la calle de la Sinoga se vende pescado fresco y que los vecinos del pueblo deben acudir al ayuntamiento a pagar el recibo de la contribución. La abuela mientras tanto, sentada en su silla a la puerta de casa, conversará con las vecinas de la calle cada una sentada en la suya. Pasan vecinos de otras calles que se paran unos minutos a hablar de sus inquietudes y alegrías, de sus planes y de sus muertos, de las noticias del pueblo. Y así, casi sin sentir, cae la tarde y se vuelve a poner en marcha el ritual de cena y mesa. Vuelven del campo las cabras que salieron temprano en la mañana y siempre le sorprende que cada una de ellas sepa llegar hasta su propio corral. De nuevo el sonido de las esquilas, ahora lánguido al anochecer, llegará para cerrar el círculo benévolo en que se convertirá cada día en las próximas semanas.

Las ventanas abiertas, las sábanas acogedoras y el techo bajo sobre su cara, le acogen y le llevan al sueño.

Y así comienza el verano.

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