Historia y arte en el cementerio de Brihuega

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Raúl de Lucas López.-
Los cementerios son el refljejo de la historia de los pueblos. Y en muchos casos encierran monumentos funerarios que son de una gran riqueza artística. El cementerio de Brihuega tiene doble valor porque está encerrado dentro del castillo medieval y porque cuenta con enterramientos muy antiguos.
Castillo de Brihuega

Castillo de Brihuega

Mucho se ha escrito sobre el castillo de Brihuega pero poco sobre el cementerio. Castillo y cementerio van indisolublemente unidos. En los últimos años se está revalorizando el arte funerario, algo que en nuestro país todavía cuesta ver desde los ojos del arte. Esta ponencia pretende estudiar y catalogar algunas de las lápidas y sepulcros que han llegado hasta nosotros de una forma curiosa y amena teniendo en cuenta su antigüedad y su simbolismo.

El cementerio de Brihuega se encuentra situado en el interior de su castillo. Se trata del edificio más antiguo de la población ya que su origen se remonta a época califal y sería construido entre los siglos IX y XI(1). Desde el patio de armas (hoy Prado de Santa María) se accedía al recinto por la Puerta del Rastrillo, junto al ábside de Santa María, hoy sustituido por uno de medio punto con despiece de dovelas. Desde ahí se ascendía por un camino de ronda o rampa a la Puerta de Hierro, la principal del Castillo, situada en el lado sur. Actualmente esta puerta se cegó y en su lugar se abrió otra con rampa moderna que da entrada al patio, hoy cementerio de arriba(2). Brihuega, junto con otras poblaciones, fue incorporada a territorio cristiano por Alfonso VI en las operaciones de reconquista que culminaría con la capitulación de Toledo en 1085. La villa briocense pasó a la mitra toledana por carta de donación que el monarca hizo a fecha de 18 de diciembre de 10853. La fortaleza musulmana se convertiría en residencia de los arzobispos de Toledo y sería don Rodrigo Jiménez de Rada el que la transformaría en un gran palacio con capilla privada y otras dependencias en las primeras décadas del siglo XIII. A partir de esta fecha vamos a encontrarnos este edificio con el tratamiento de Palacio arzobispal o palacio fortaleza(4).

Con el paso del tiempo quedaría configurado en dos zonas claramente diferenciadas, la superior o núcleo principal en torno a un patio al que dan las principales dependencias y la zona inferior o jardín. La Guerra de la Independencia trajo la ruina sobre todo al final de la contienda cuando fue incendiado en 1812 por un sargento de artillería(5).

Vista aérea de los dos cementerios.

Antes de que se creara el Cementerio Municipal de Brihuega, cada una de las parroquias tenía un espacio junto al templo destinado para enterramiento. Los casos de San Juan o el caso más claro de San Miguel son todavía buenas muestras ya que queda bastante delimitado por una cerca ese espacio funerario.

El actual fue habilitado como cementerio en 1834 por culpa de una epidemia de cólera morbo asiático acaecida en el mes de agosto del citado año. Oficialmente pasó a manos municipales con la Desamortización de Mendizábal en 1835 y fue inaugurado como tal en 1838. Así reza en la dovela central del arco de entrada. En la Capilla General del viejo cementerio encontramos una lápida que nos da pistas sobre el inicio del cementerio. Empotrada a la pared hay una destinada a don Antonio Serrada que contribuyó a su construcción y en prueba de gratitud, el ayuntamiento le concede ese espacio tanto para él como para su familia. La fecha de su muerte es la de 27 de diciembre de 1850.

El cementerio fue ampliado (hoy conocido como cementerio de abajo) sobre la huerta llamada del Arriero el 24 de abril de 1881 y fue bendecido por el abad del cabildo de curas don Pedro Trijueque, cura párroco de San Miguel. El primer difunto que fue enterrado en el nuevo campo santo fue un ciego apodado “el ahumado”(6). El cementerio se configurará en dos partes: el de arriba o antiguo, puesto que será el primero y donde las familias más poderosas se irán enterrando en grandes panteones o capillas; y el de abajo, donde se enterrarán las gentes más desfavorecidas que verá más tardía su conversión en lápidas o panteones(7).

Capillas funerarias

Nuestro estudio se centrará en el cementerio antiguo que es el que posee los ejemplares más valiosos. Destacan tres capillas funerarias herederas de los tres espacios que tienen un origen medieval.

En su interior están enterradas algunas de las personalidades más destacadas de los siglos XIX y XX.

La capilla de la izquierda está presidida por una cruz además de una bella vidriera. Allí encontramos tumbas como la de don Justo Hernández Pareja que compraría la Real Fábrica de Paños y construiría los famosos jardines románticos. La capilla central es una capilla común o también denominada Capilla general como reza en la puerta de entrada. Encontramos lápidas tanto en el suelo como en la pared. Muchas de ellas son de las más antiguas que conserva el cementerio de Brihuega.

La capilla de la derecha posee en la rosca del arco: Capilla de San Francisco de Asís. Año 1915. Propiedad de Ángel Pérez Ballestero. Esta capilla está presidida por una talla con la efigie de San Francisco de Asís abrazando a Cristo que está clavado en la cruz. En la actualidad está siendo restaurada. Entre las figuras enterradas en la capilla está don Ángel Pérez Ballestero, titular de la capilla. Fue uno de los más importantes empresarios con la fábrica de chocolates, harinas y tienda donde se vendía
todo tipo de objetos.

Nos vamos a encontrar fundamentalmente dos tipos de enterramiento: sepulturas o tumbas que se cubren con lápidas y columbarios que contienen pequeñas lápidas. En este último caso no contienen detrás ningún resto mortal o cenizas como cabría pensar, sirven para señalar que están enterrados en el suelo. Vamos a ver las diferentes lápidas haciendo hincapié en su antigüedad, iconografía y tipología.

La lápida más antigua la encontramos en la pared sur: Doña Asunción Haedo de Bedoya con fecha de 1849. Contiene un epitafio que reza:

Aquí yace la tierna y dulce esposa/
de amistad y virtud noble modelo/
pague el mundo a esta madre cariñosa/
santo tributo en lágrimas de duelo/
y una plegaria ardiente y generosa/
alce a dios, de asunción, para consuelo,/
que aunque yerto su cuerpo aquí reposa/
su alma lo escucha en la región del cielo.

Los epitafios y textos sirven para honrar al difunto y sobre todo los vamos a encontrar en lápidas destinada a los niños.

Una sepultura infantil con un largo epitafio es la del niño Vicente Humanes Cabañas, fallecido el 3 de junio de 1931 con 3 años de edad. El texto que leemos:

Nos dejastes hijo amado/
en tan triste desconsuelo/
al marchaste de este suelo/
donde Dios te había llamado/
por ser tan desbenturado/
te lloran de noche y día/
tus padres que te querían/
con todo su corazón/
te rezan una oración/
al pie de tu tumba fría.

En esa misma línea encontramos otra lápida de la adolescente Rosa Martínez Viejo, fallecida a los 16 años el 17 de abril de 1920. El breve texto nos dice:

La muerte me trajo aquí/
A los 16 años cumplidos/
Tenían mis padres puesto en mi/
Su alma vida y sentido.

El siglo XIX es todavía un siglo con una alta mortandad infantil y eso es algo que se refleja en el alto número de ejemplares que posee el cementerio briocense. Enumeramos algunos ejemplos:

Antonio Ruiz Serrada, falleció el 14 de diciembre de 1883 a los 6 años. O el caso de dos hermanos que comparten la misma lápida. Se trata de Julio y Alejandro Serrada Díaz, fallecidos con tan solo 5 y 13 meses en 1889 y 1893 respectivamente.

Matías González Pérez, falleció el 15 de junio de 1885 a los 5 años y 3 meses. Se acompaña de exclamación: ¡Hijo Mío! A veces una breve expresión entre símbolos de exclamación sirve para reflejar el dolor por la pérdida de un hijo. Es el caso del niño Casimiro y la expresión:

¡¡Jamás te olvidaremos/ Hijito del alma!!

Frase y nombre ocupan la mayor parte de la lápida desgraciadamente partida por la mitad. Queda reflejada la fecha de su muerte el 14 de junio de 1909 pero desconocemos la edad de su fallecimiento.

Las lápidas infantiles continúan con los siguientes ejemplos:

Alfonso Fernández Lequerica, falleció el 21 de julio de 1920 con 7 meses de edad.

Manuel López Gallardo, falleció el 28 de agosto de 1923 con 5 años de edad.

Milagritos Valero Gordo, el 8 de septiembre de 1926 con 4 años de edad.

Pero quizá el caso más desgarrador sea el de los tres hermanos fallecidos y que curiosamente se encuentran contiguos. Todos fallecidos en el aciago año de 1885.

Pilar Belmonte y González, fallecida con 5 años y 7 meses.

Amalio Belmonte y González, fallecido con 4 años y 3 meses.

Mariano Belmonte y González, fallecido con 2 años y 2 meses.

En algunas de las lápidas empotradas en la pared descubrimos la profesión del finado como el caso de Don José Torrecilla y Corral, Notario, fallecido el 5 de octubre de 1896; o el ejemplo de Don Diego Ruiz del Castillo, que fue Arcipreste y Párroco de Santa María, fallecido el 12 de noviembre de 1913. En otros casos, como en el de Doña Ramona Bedoya, se hace mención de la profesión del marido que era Coronel de Infantería. Falleció el 9 de enero de 1853. Este ejemplar nos sirve para abrir una nueva clasificación que podríamos considerar artística. Si nos fijamos se intentan combinar varios tipos de mármoles que sirvan para enmarcar una urna y a ambos lados podemos observar dos pares de guadañas, símbolo inexorable de la muerte.

La tipología que muestra una urna en el centro y contiene el nombre del fallecido es notable y variada. Suele ir acompañada de jarrones a cada lado. La lápida de Don Francisco Garrido es una de las más antiguas con esta disposición. Está fechada el 2 de diciembre de 1852. También la de doña María Manso de Atienza, fallecida el 5 de enero de 1852. En la parte superior intuimos que tenía una calavera y dos tibias.

El de doña Ramona Pernejón también responde a la tipología de urna pero en este caso el nombre de quien aparece es el del marido, don Mariano Rey. La fallecida aparece en una especie de manuscrito extendido cuya fecha de defunción es 13 de agosto de 1855.

Pero acaso la más expresiva por los numerosos elementos que aparecen sea la de doña Matea Jiménez. Una gran urna centra la composición. En la parte superior aparece entre nubes un esqueleto, símbolo de muerte. A la izquierda, la imagen de la Fe, velada y con una cruz y un cáliz. A la derecha, un personaje de rodillas que representaría al que encarga la lápida, es decir, al marido de la fallecida. Junto a él, un reloj de arena, símbolo del paso del tiempo. Falleció el 12 de noviembre de 1851.

Concluimos este repaso por las lápidas empotradas en la pared con dos ejemplares que reflejan el Brihuega macabro.

Una de ellas es la correspondiente al cabo de serenos Don Leandro Ortega y Lozano asesinado el 28 de diciembre de 1887. Fue un episodio luctuoso que llenó de consternación la localidad como así se refleja en la prensa de la época(8). También fue asesinado otro de los serenos, Pascual del Castillo y salvó la vida un tercero, Ramón Tapia. El lugar que eligieron los criminales fue el callejón que une la calle de las Armas con la de Atienza. Unos días después fueron detenidos varios individuos según refleja El Correo militar: Tras las averiguaciones, el capitán don Lope Rodríguez Mesa y el sargento primero Juan González detienen a Miguel Torija, Catalino García y Ramón Condado como autores del doble asesinato(9).

La otra lápida que recoge otro suceso luctuoso es la de Manuel del Amo Perojuan. Fue asesinado el 5 de febrero de 1905 y falleció al día siguiente. La prensa nos desvela las razones: El día 5 del actual cuestionaron en Brihuega por motivo de intereses los vecinos Francisco Barriopedro Garrón y Manuel del Amo, resultando este último gravemente herido a consecuencia de una puñalada que le propinó el Francisco. Trasladado a su domicilio la víctima de tan lamentable suceso, falleció a las veinticuatro horas, dejando en el mayor desamparo a su mujer y dos hijos de corta edad. El agresor está también casado y tiene otros dos hijos(10).

En este repaso que estamos haciendo nos queda el espacio central donde localizamos las lápidas de mayor tamaño. Una de las más curiosas y artísticas es la de la Familia Sánchez Rael. Es un panteón de grandes dimensiones, destaca una gran cruz de hierro forjado con dos faroles a ambos lados. Este estilo tan andaluz responde a su propietario, don Agustín Sánchez Rael, terrateniente de Jaén y casado con una briocense, doña Manuela Almazán Pajares.

Las sepulturas cercadas por verja de hierro son muy numerosas en todo el patio. Cumplían una función decorativa y sobre todo delimitaban el terreno. La mayor parte de ellas están presididas por cruces. Podemos encontrar la cruz desnuda o bien con un santo sudario, símbolo de resurrección. Es el caso de la doble sepultura de Don Sebastián Bedoya y su esposa Eusebia
González que data de 1904. También el caso de Doña Francisca Jordán y Hermanas, como reza en la base de la cruz y que responde a esta mismo tipo.

Hay una cruz muy especial que se localiza también con su correspondiente verja de hierro. Me refiero a un ejemplar con connotaciones modernistas. Está datada en 1901 y es propiedad de Don Marcos Vallés y su esposa Ramona Atienza. Es una cruz en mármol por la que trepa una cascada de flores de todo tipo para terminar formando una corona en la intersección de los dos palos.

Dentro de esta lejana corriente modernista deberíamos situar la sepultura de la Familia Gumiel Cepero. Está presidida por la consabida cruz pero en su base localizamos una bella imagen de la Soledad rodeada de delicadas flores, azucenas, símbolo de la pureza de María.

Es muy común encontrar en lugar señalado a quien pertenece el grupo de sepulturas. Lo que no es tan habitual es que aparezca su escudo de armas. Es el caso de un interesante grupo funerario propiedad de Don Luis del Río, obra de grandes dimensiones fechado en 1885 y delimitado por verja. La fecha de construcción es de 1885 como podemos leer a los pies del monumento. En el centro surge gran pedestal para sostener la cruz y allí localizamos el escudo nobiliario bastante desgastado.

En el centro del cementerio destaca por extensión el conjunto de lápidas Propiedad de Don José Castro y su esposa Doña Antonia Romero como así reza en la parte central. El conjunto está presidido por una sencilla cruz que cuenta con enorme pedestal que alberga una gran hornacina. Entendemos que esta contaría con un cristal protector hoy perdido. A ambos lados de la citada hornacina encontramos sendas antorchas boca abajo, símbolo de la muerte.  Debemos situar su construcción en las últimas décadas del siglo XIX.

Son escasos los sepulcros que cuentan con grandes esculturas de bulto redondo. Tenemos dos buenos ejemplos que destacan por tamaño y calidad. Uno es el de Propiedad de Doña Carmen Pérez Ballesteros coronada por una imagen de la Virgen del Carmen. El otro ejemplo es Propiedad de Don Juan Antonio Nieto que se corona con una gran figura de San Antonio de Padua.

Vamos a cerrar este resumen sobre el cementerio de Brihuega con un breve repaso a algunos de sus más ilustres moradores. Es el caso de Don Pedro Marlasca Riaza, creador de la Banda Municipal briocense; Don Ramón Casas, diputado y uno de los principales motores para que se llevaran a cabo las celebraciones del II Centenario hace cien años; Don Jesús Ruiz Pastor, auténtico mecenas del sigo XX para Brihuega con la construcción de uno de los edificios más emblemáticos de la localidad como es la Plaza de toros; Don Valeriano Herrera, salmantino de nacimiento y brihuego de adopción al casarse con una brihuega, le debemos el mayor legado fotográfico que tiene la Villa; y por último, Don Juan Elegido Millán, prestidigitador e hipnotista nacido en Brihuega, coleccionista incansable de miniaturas cuyo fiel reflejo es el actual Museo de Miniaturas que alberga el Convento de San José. Uno de sus últimos moradores ha sido Don Antonio Pareja Serrada. Sus restos mortales fueron traídos recientemente al cementerio briocense desde el madrileño de la Almudena. Nacido en Brihuega en 1844, fue cronista provincial, historiador y amante de su pueblo.

Muchos son los ejemplares que no han sido incluidos pero todos ellos con un gran valor tanto histórico como artístico. Como reflexión y resumen nos gustaría recordar que estos monumentos funerarios son lo suficientemente importantes para ser tenidos en cuenta en un futuro cementerio o en su lugar actual pero con una actuación que devuelva al conjunto su antiguo esplendor.

Bibliografía

  1. Merlos Romero, M. M., El Castillo de Brihuega y sus orígenes islámicos en Espacio, Tiempo y Forma, T. 12, 1999, pp. 41-60.
  2. Román Pastor, C., Historia y arquitectura medieval de Brihuega (I) en Actas I Curso de Brihuega. Instituciones, Arte y Cultura, 1995, p. 42.
  3. Torres Balbás, L., La Capilla del Castillo de Brihuega y las edificaciones de don Rodrigo Jiménez de Rada en Archivo Español de Arte, nº 45, 1941.
  4. Simón Pardo, J., Estampas Briocenses, Guadalajara, 1987, p. 28.
  5. Lucas López, R. de, Cien años de fotografía en Brihuega (1860-1960), Guadalajara, 2009, p. 7.
  6. Todos estos datos fueron extraídos de una noticia aparecida en el periódico Nueva Alcarria con fecha 3 de noviembre de 1995 donde se denunciaba el mal estado del cementerio.
  7. Lucas López, R. de, Cien años de fotografía en Brihuega (1860-1960), Guadalajara, 2009, p. 8.
  8. La Dinastía, nº 2538, p. 6; La Iberia, 29 de diciembre de 1887, p. 3, El País, nº 191, p. 3.
  9. El Correo militar, 19 de enero de 1888, p. 3.
  10. Flores y Abejas, nº 545, 11 de febrero de 1905, p. 6.
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